miércoles, 24 de agosto de 2011

COMITÉS DE BIOÉTICA Y HUMANIZACIÓN

El concepto de que no todo lo científica y técnicamente posible es correcto, es en bioética un criterio fundamental, además irrefutable. De nada sirve el progreso científico si no es para servir apropiadamente al hombre. Se equivoca el científico que encamina su conocimiento a la destrucción del mundo, como el investigador que con el noble fin de aportar beneficios a la humanidad arrolla al ser humano que hace objeto de experimentación para proporcionar los conocimientos de la noble causa.

Pero, también, lo científicamente permitido desde la perspectiva ética puede resultar censurable en la práctica si no se es irreprochable en su aplicación.

En la asistencia, de igual manera, no basta una técnica impecable. Y no basta porque lo técnico no rebasa habitualmente la dimensión orgánica, ni siquiera -por efecto de la parcelación del cuerpo por las especialidades médicas- la contempla toda. Otra dimensión, la espiritual, demanda una atención que no desestime las necesidades afectivas, que las anteponga incluso a las dolencias físicas.

El ser humano es más que la sumatoria de sus órganos, es también la suma de sus sentimientos y de sus pensamientos. Éstos a diferencia de aquéllos -tan semejantes en su anatomía y su fisiología, en todos los miembros de la especie- son los que le confieren identidad al individuo. En ellos –intelecto y afecto- realmente reside la persona.

Tras de un órgano enfermo hay un ser que sufre. Una existencia que en contraste con el animal irracional tiene conciencia de su padecimiento y aventura posibles desenlaces; sufre y se siente vulnerable.

Tratar al ser humano implica, en consecuencia, atenderlo íntegramente. Calmando la dolencia física y serenando su espíritu, porque la dimensión espiritual del hombre; aquello que no es físico ni orgánico, que reúne lo inmaterial del ser humano: su alma, su psiquis, su mente, su intelecto, no puede quedar abandonada.

El arte de curar es compasivo

La medicina debió nacer más por la aflicción ante el dolor ajeno que por el interés en el conocimiento de las enfermedades. Con poco que ofrecer en los tiempos remotos de su nacimiento, el mundo oscuro de los conocimientos sanitarios debió inclinarse por la piedad con los dolientes. Mitigar el dolor, el anímico más que el corporal, ante la impotencia de sanar, fue propósito primordial de la medicina antigua. Los adelantos científicos y tecnológicos, muchos siglos después, terminaron por anteponer la capacidad curativa a la caridad, sin reparar que la compasión no debía perder vigencia. El hombre enfermo mientras cura sigue padeciendo.

Si reconocemos que la enfermedad está ligada al sufrimiento, no podemos disociar la curación del sentimiento humanitario: el arte de curar es eminentemente compasivo, Lo fue incluso cuando la enfermedad fue interpretada como fruto del pecado.

He afirmado en un ensayo previo, “La deshumanización de la salud, consideraciones de un protagonista”, que se necesita cierto enternecimiento por quien sufre para querer abrazar las ciencias médicas, por lo que un misántropo no encaja en la asistencia. Creo que la reiteración del párrafo resulta conveniente: “Las ciencias de la salud nacieron para curar, o para aliviar en su defecto. El arte de curar demanda virtudes que sobrepasan en número y magnitud la de la mayoría de los oficios. Quien atiende a un enfermo no puede ser un desalmado. Debe ser sin excepción benévolo. Las cualidades que reclama el paciente, son a la vez las que se esperan de la medicina: compasión, caridad, generosidad, bondad, amabilidad, consideración, afecto, diligencia, que no son otra cosa que la expresión de la humanidad en alto grado”.

En salud el trato humanitario es un axioma. No debe pasarse por alto que el paciente es sensible a nuestros actos y que la aplicación de la técnica, aunque cure, con frecuencia produce temor y sufrimiento.

Aunque el maremagno al que llegó la atención sanitaria sea pródiga en manifestaciones descorazonadoras, es deber moral de quienes asisten al paciente conferirle a la atención sanitaria un rostro humano. Tenemos la obligación de volver a humanizar la medicina.

La humanidad, un asunto bioético

La humanidad es más que sentimentalismo, es la expresión sublime de la beneficencia asentada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana. Son las acciones que persiguen el completo bienestar del paciente, colmando la totalidad de sus necesidades. Que hacen posible que el enfermo se entregué al cuidado del equipo sanitario sin ansiedad ni desconfianza.

No siendo éste un asunto menor, se comprende que la humanidad deba asentar en los dominios de materias tan importantes como la moral, la ética y la bioética.

El trato humano, por fuerza, pone en juego los principios bioéticos de la no maleficencia, de la beneficencia, de la autonomía y la justicia.

Al ejercicio afectivo que hacemos de la aflicción, se suman poderosos argumentos racionales y filosóficos que fundamentan aún más el comportamiento que surge de la sensibilidad per se.

El respeto por la dignidad procede de muchas corrientes filosóficas: del humanismo griego, del humanismo del renacimiento, del humanismo cristiano, del humanismo materialista. Luego la dignidad es un valor universalmente reconocido y absoluto. A ninguna condición está subordinado, Ni a la raza, ni al sexo, ni a la edad, ni al credo, ni a la condición social. Es patrimonio de todo ser humano, un derecho natural del que gozan todos los miembros de la especie, y del que derivan todos los demás derechos. Del reconocimiento de la dignidad surge la humanidad como deber moral.

Cómo la humanidad se fue eclipsando

Hemos visto esfumarse la urbanidad y las buenas maneras del comportamiento humano, hemos visto convertir en rutina el sufrimiento, hemos menospreciado el valor terapéutico de las palabras, hemos transmutado la paciencia en productividad que agobia; nada es apacible porque nuestro mundo marcha a las carreras, relegando las dichas del espíritu. En semejante vértigo las actitudes humanitarias van quedando relegadas.

Causas generales como particulares del entorno sanitario explican esa pérdida de sensibilidad.

Indudablemente la masificación y la que denomino parcelación del cuerpo humano, consecuencia lógica del desarrollo del saber y de la especialización de la medicina, están entre sus causas. Como lo están, también, la comercialización de la medicina, el desmedido ensalzamiento de la técnica, el afán de producir, y el descuido en la selección y formación del personal sanitario.

En la multitud la individualidad carece de importancia. Todos los paciente son anónimos cuando se atienden muchedumbres, más aún cuando el tiempo atenta contra la atención y cuando todo ha de hacerse a las carreras.

La humanidad es el trato individual, personalizado, no la comunicación con la muchedumbre. En consecuencia la multitud deshumaniza. Y no sólo por convertir al paciente en insignificante fragmento de un tumulto, sino por el sinnúmero de personas que se entrometen en la relación del profesional con el enfermo, amenazando la privacidad del acto médico. La intromisión lo priva de la espontaneidad, al imponer reglas, estipular límites, determinar tiempos, coaccionar fórmulas, no en procura de la calidad, sino de la productividad y la estadística.

El progreso de la medicina asombra. Sembró esperanza donde se percibía fatalidad. Y llegó a ser el conocimiento tan extenso y tan profundo, que no hubo médico que pudiera albergarlo totalmente en su saber. Surgieron así las especialidades médicas y desapareció el médico omnisciente. Pero más que acabar con el médico que ‘todo lo sabía, terminó, desafortunadamente con el médico que todo lo escuchaba. El especialista no suele prestar atención más que a las quejas concernientes a los órganos y sistemas que son de su incumbencia.

La comercialización de la medicina deshumaniza, no porque la medicina de empresas deba ser insensible por naturaleza, sino porque se ha regido más por las leyes del mercado que por los postulados de la ética.

El encumbramiento de la técnica no pocas veces hace ver como flaqueza la actitud piadosa, en otras ocasiones su celo por restablecer la salud y prolongar la vida se traduce en trato encarnizado y sufrimiento.

En la formación del personal sanitario la ética como la humanidad apenas clasifican al ocurrente remoquete de ‘costuras’. Son materias en las que no se reconoce trascendencia. La adquisición de la habilidad resalta como la cuestión fundamental, sin reparar que su aplicación escrupulosa depende de los principios que se alientan y se inculcan en los educandos.

La selección de personal con vocación humana es necesaria, sin el sustrato de la benevolencia el milagro de la humanidad no se consigue. La humanidad auténtica no obra a la fuerza, es espontánea. Es una autoimposición moral. Obrar contra la voluntad es imposible.

Características del comportamiento humanitario

El ejercicio de la medicina nos demuestra que un ademán amable obra como un buen medicamento, y que una actitud displicente, por el contrario, puede hacer fracasar un tratamiento. Es la trascendencia de comportamiento humanitario en el alivio del paciente. Sencillamente el dolor exige más que un analgésico.

La aflicción del alma se mitiga con gestos y palabras. Por ello hasta los casos científicamente fallidos no están humanamente perdidos. Mucho se puede ofrecer a pacientes crónicos como terminales: no la cura, pero sí las condiciones que hagan más agradable la vida, que le demuestren que para los demás es valiosa su existencia.

El trato humano requiere convicción: la espontaneidad le confiere sentimiento, lo vuelve auténtico y lo perpetúa. Es el afecto con que se prodiga el que convierte en humano el suceso técnico acertado e impasible. La técnica, sin embargo, es también requisito fundamental del trato humano, pues no basta servir, hay que tener conocimiento para hacerlo. Quien filantrópicamente intenta atender un paciente con trauma medular, probablemente lo deje parapléjico si desconoce la forma correcta de ayudarlo.

La aspiración de cómo queremos ser tratados es habitualmente la guía más práctica para el comportamiento humanitario. Nos anticipa al efecto de nuestras acciones. La humanidad tiene siempre el rostro amable, ese es un requisito primordial e ineludible. A partir de este axioma, aparecen todos los valores inherentes, las virtudes con las que nuestro comportamiento será definitivamente humano: altruismo, afecto, amistad, caridad, cordialidad, comprensión, diligencia, generosidad, honradez, humildad, indulgencia, justicia, prudencia, rectitud, respeto, responsabilidad, sinceridad, tolerancia, veracidad, entre la multitud de cualidades que involucra.

La humanización demanda personal sanitario y administrativo ético y sensible, que mitigue la angustia y siembre el sosiego en el corazón de los pacientes.


Acciones en humanización de un comité bioético

Mucho es lo que un comité de bioética puede aportar en materia de humanización. Puede por ejemplo formular recomendaciones para rescatar la privacidad y autonomía del acto médico; despertar el interés de los profesionales por la vivencia del paciente y el efecto anímico de las dolencias; inducir al trato solícito y amable; promover el respeto a la intimidad del paciente y la reserva de la historia clínica; orientar en la toma de decisiones con el paciente terminal, haciendo más humano el proceso de morir; señalar a las empresas de salud los principios que deben asumir en el cuidado de la vida humana, aleccionar en el reconocimiento de la existencia y la salud como bienes absolutos, anteponiéndolos al lucro, y admitiendo al enfermo como fin y nunca como medio, y guiar en la búsqueda del equilibrio entre los intereses administrativos relacionados con la productividad y los eminentemente asistenciales,

Un listado más detallado, y sin embargo apenas fragmentario de asuntos que tienen que ver con el trato humanizado en las instituciones de salud, es el que presento en las siguientes líneas:

Abolición de filas, demoras y trámites innecesarios.
Revisión y adecuación de tiempos de consulta
Instauración de mecanismos para facilitar la asignación de citas
Ofrecimiento de espacios físicos seguros, cómodos y placenteros
Hospitalización en condiciones dignas
Restricción del aislamiento innecesario del paciente y la marginación de la familia
Flexibilidad del sistema de visitas
Supervisión de la calidad y los horarios de comidas (prevenir ayunos prolongado sin indicación médica por conveniencia organizacional)
Limitación de las remisiones por causas administrativas (evitar la dispersión de la atención de los enfermos)
Creación de instancias que velen por la satisfacción de los pacientes
Seguimiento a la atención de los enfermos enfocada al buen trato y su satisfacción
Observación en el trato de los dictados de la urbanidad
Abolición de actitudes prepotentes o impasibles con el enfermo y sus familiares
Establecimiento de estrategias para mejorar la relación y la comunicación
Generación de confianza entre el paciente y el personal sanitario
Promoción de comportamientos amables
Erradicación de actitudes que precipiten sentimientos de abandono en el paciente
Exhortación de actitudes sensibles ante el dolor
Orientación del manejo del paciente terminal
Respeto por las creencias y opiniones
Reserva y cuidado de la historia clínica
Cuidado del pudor del paciente
Confidencialidad de la información privada compartida por el paciente
Motivación a la participación del enfermo en el proceso terapéutico
Fortalecimiento de la comunicación con el paciente y sus familiares
Relevancia de la información exacta, clara y sencilla de las decisiones médicas
Respeto de las determinaciones del paciente
Claridad de las indicaciones médicas

Atento a muchos de los aspectos arriba enumerados, el Comité Bioético Clínico del Hospital de Kennedy de III Nivel de Bogotá, del cual he hecho parte desde su creación, acordó hace varios años algunas pautas para humanizar la atención, que inspiradas en el “Decálogo del trato humanizado” del Hospital Central de la Policía Nacional, se denominaron los “Mandamientos del trato humanizado”, y los presento como ejemplo de trabajo de un comité en pro de actitudes humanas en la atención de los pacientes:

1. Tocar a la puerta antes de entrar
2. Llamar al paciente por su nombre
3. Saludar y despedirse con amabilidad.
4. Identificarse ante el paciente, explicándole con sencillez y claridad el motivo de nuestra presencia.
5. Resolver satisfactoriamente sus inquietudes con honestidad, sin herir ni engañar.
6. Solicitar su consentimiento para examinarlo o para practicarle cualquier procedimiento.
7. Darle indicaciones claras y precisas
8. Respetar su privacidad y cuidar permanentemente su pudor
9. Evitar que nuestras indicaciones le causen incomodidades innecesarias
10. Comprender sus sentimientos y actitudes y proporcionarle apoyo en sus necesidades afectivas.
11. Mantener la más celosa reserva sobre lo que de él conocemos por razones clínicas o gracias a su confianza.
12. Ser solícito, atendiéndolo con prontitud y diligencia, no haciéndolo aguardar innecesariamente.
13. Servirle con humildad y nunca con prepotencia.
14. Presentarle disculpas cuando no podamos satisfacer sus requerimientos.
15. Tratar con respeto a sus familiares, suministrarles la información pertinente y darles muestras de apoyo y solidaridad.
16. Estar atento al bienestar y seguridad del paciente.
17. Infundirle seguridad y no generarle ansiedad innecesaria.
18. Respetar sus creencias y opiniones.
19. Preservar sus sentimientos de esperanza.
20. Brindarle apoyo, solidaridad y orientación a él y a su familia en enfermedades terminales
21. Evitarle demoras, trámites filas y desplazamientos innecesarios.
22. Brindarle orientación clara y suficiente para la realización de sus trámites y la ubicación de las dependencias a las que se remite.

El trabajador de la salud, objeto del trato humanitario

He enfatizado en los apartados anteriores la humanidad en el trato del enfermo, pero los criterios expuestos no dejan de ser aplicables al personal sanitario que suele llevar sobre sus hombros sus propias angustias y buena parte de la aflicción de sus pacientes.

La humanidad con el equipo de salud debe ser otro campo de interés para los comités asistenciales. Cuando se ignora el trato digno las compensaciones personales que retribuyen los esfuerzos se aminoran y el oficio de curar termina por enfermar a quien lo lleva a cabo. El ejercicio profesional en condiciones adversas desilusiona a los trabajadores soñadores, a los más ‘prácticos’ los transmuta en insensibles.

En la órbita de la humanización con los trabajadores sanitarios aspectos de análisis ineludibles y obvios son las condiciones de trabajo, la estabilidad, el ambiente laboral, el descanso, la relación entre la empresa y el trabajador, la seguridad en prevención de enfermedades y accidentes laborales, la confianza en el personal, los mecanismos de control, las relaciones entre los miembros del equipo de trabajo, el mundo afectivo del trabajador, el agotamiento físico y emocional, la insatisfacción personal, la autoestima del trabajador, los síntomas psicosomáticos del estrés, la carga laboral, la pertinencia de las actividades, el exceso de formatos que entraban el acto médico, la carga asistencial excesiva, la rutina, el error asistencial inducido por el trabajo desmedido, la remuneración, aspectos nocivos de la contratación, la distribución del trabajo, la objeción de conciencia, y la capacitación y actualización del personal.

Así, sin desamparar a unos ni a otros, ni a pacientes ni a trabajadores, los comités de bioética cumplen una labor trascendental en materia de humanización en las instituciones. Al tender la humanidad como un puente entre los frutos de la ciencia y su aplicabilidad, entre la dolencia física y la aflicción espiritual que la acompaña, entre el trabajo técnico y la labor piadosa, los comités encauzan la actividad asistencial.

Su competencia en la solución de los dilemas esclarece la forma de armonizar la ciencia con la ética, la productividad con la filantropía, y la generosidad con la riqueza. Y determina la forma en que el ejercicio de las ciencias de la salud compendie las bondades del ayer con las fortalezas del presente.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD

domingo, 30 de mayo de 2010

sábado, 29 de mayo de 2010

APLICABILIDAD DE LAS NUEVAS TECNOLOGIAS UN RETO BIOÉTICO


Con este nombre y este tema se llevó a cabo el 27 de abril del 2010, en el Planetario Distrital de Bogotá el II encuentro de Bioética.

Las siguientes fueron las intervenciones

RASTRO Y DESAFÍOS DE LA BIOÉTICA
Doctor Luis María Murillo Sarmiento
Presidente del Comité

TECNOLOGÍA DEL FUTURO Y SU ÉTICA
Doctor Jorge Reynolds Pombo
Investigador científico

PANEL: ENTRE LO POSIBLE Y LO APLICABLE
Moderador: Doctor Pedro J. Sarmiento M.
Médico, filósofo, bioeticista
Departamento de Bioética Universidad de la Sabana - Bogotá
Doctora María Mercedes Hackspiel
Docente investigadora Universidad Militar Nueva Granada
Doctor Jorge Reynolds Pombo
Investigador científico
Doctor Eduardo Rueda
Médico y filósofo
Instituto de Bioética Universidad Javeriana - Bogotá
Doctor Luis Alberto Sánchez-Alfaro
Odontólogo y bioeticista
Departamento de Bioética de la Universidad el Bosque

PANEL: ENTRE LO POSIBLE Y LO APLICABLE

Luis Alberto Sánchez Alfaro
Odontólogo
Especialista y Magíster en Bioética
Profesor Departamento de Bioética Universidad el Bosque

Buenos días a todos.

Agradezco la invitación que ha hecho el Comité Bioético Clínico de la Red Distrital de Bogotá y en especial al doctor Luis María Murillo, es un agradecimiento no solamente personal, sino también desde el Departamento de Bioética de la Universidad el Bosque.

Teniendo en cuenta lo que se ha venido hablando durante esta mañana y dándole la importancia que se merece el tema, me referiré a él desde otra orilla. Me voy a referir a la formación y la educación.

¿Cómo ha sido la formación que nos han dado a nosotros en las universidades, en los institutos y los colegíos? ¿Cómo esa formación de una u otra manera va a permitir que nuestra mente y nuestro pensamiento se deje permear por el paradigma de la biotecnología y de la tecnología? Y dependiendo de cómo lo entendamos vamos también a mirar el impacto que tiene en la vida de nosotros y sobre la vida en general que hay en la Tierra, lo cual es del interés de la Bioética.

Iniciemos el recorrido analizando en que paradigma nos estamos formando las personas que trabajamos en salud, éste es un comité bioético clínico de una red hospitalaria en la que participan personas que de una u otra manera están cercanas al proceso salud enfermedad. ¿Cuál es el paradigma en el que nos hemos formado quienes participamos de decisiones en salud?. En diversas investigaciones realizadas lo que se ha encontrado es que hay una pugna heredada desde la Modernidad cuando el método científico tiene su auge y se hace hegemónico, pugna que en nosotros (los trabajadores en salud) se hace muy evidente: lo biológico vs lo social, donde lo tecnológico se aúna a lo biológico y se contrapone a lo social y humano.

La formación de los profesionales del área de la salud tiene un fuerte énfasis en lo biológico y en lo técnico-instrumental y en ella se desvalora la formación humana y social. Sin embargo en el siglo en el que estamos, el siglo XXI, tenemos retos muy importantes y uno de ellos es entender un poco que los seres humanos estamos cargados de muchas realidades: la biológica, la social, la económica, la política, la cultural, etc., y que cuando podamos hacer una mezcla de todas esas esferas y realidades que nos rodean vamos a poder dar un poco o acercarnos a la respuesta a cerca de ¿qué es la vida?, ¿qué es la salud?, ¿qué es el proceso salud-enfermedad? e incluso entender cómo la tecnología influye en nuestras vidas, cómo es que ese aparatico mostrado por el doctor Reynolds influye en el ciclo vital, en el proceso salud-enfermedad y en muchas otras situaciones de nuestro diario vivir.

Es de esta forma que aparece la bioética, y nosotros desde ella le apuntamos a una bioética que realmente dialogue, pero que no lo haga de forma vacía sino que sea un diálogo de contenido, un dialogo con argumentos, un diálogo que debe dar cuenta de la multiculturalidad en la que viven nuestras sociedades, que no es lo mismo proponerle un determinado tratamiento con un método tecnológico a un testigo de Jehová, que a un musulmán, a un católico o a cualquier otra persona. Que además dé cuenta de que somos una sociedad plural y que cada vez nos hacemos más individualistas, cada vez más nosotros queremos traer nuestra autonomía y queremos que esa autonomía ligada a nuestra dignidad humana nos sea respetada, entonces digamos que sobre estas situaciones la bioética tiene que volcar su reflexión por un lado, por otro tiene que apuntar y reflexionar sobre todas las repercusiones sociales, económicas y políticas que tiene la investigación y desarrollo, miremos los valores y precios de todo lo que vimos en la conferencia del doctor Reynolds y observemos que el hijo del magnate tendrá acceso fácil a ellos, pero el pobre que vive en Ciudad Bolívar tal vez no, esto es un problema de justicia: le brindamos acceso a unos, a todos, o a ¿quién?, o ¿cómo lo hacemos?. A la bioética le interesan todos los problemas y dilemas éticos que surgen de la investigación y desarrollo e incluso en una corriente muy europea que se llama investigación e innovación donde la bioética de una u otra manera tendrá que intentar responder a esos dilemas éticos a esos problemas de tipo ético. ¿Cómo lo hará? A través de principios puede ser una metodología muy criticada, pero es funcional; o lo puede hacer de una manera un poco más fenomenológica. No importa como lo haga pero tendrá que llegar a ayudar a resolver los dilemas que surgen en el uso de la biotecnología cuando está impactando no solamente la vida humana sino la vida en general de nuestro planeta.

También tiene que tratar de apuntarle a la complementariedad entre lo humano y lo social, lo tecnológico y lo biológico. Comenzar a mirar al ser humano de manera holística y complementaria. Necesitamos la tecnología para el progreso de la sociedad, sí, pero no porque llegó la vamos a aceptar, hay que tratar de ver cuál es el significado real que tiene y cuál va ser su impacto.

La bioética propuesta en los tres puntos anteriores deberá tener una fuerte presencia en la formación de los profesionales y en general en la formación de todos los ciudadanos. Esta bioética de una u otra manera intentará acercarse a algo que está muy de moda: La formación integral.
Formación integral de personas que trabajan en salud, no solamente los profesionales, todos los implicados en el proceso asistencial. Formación integral que le va a permitir interrelacionar todas las esferas en las que nos movemos los seres humanos (social, política, económica, tecnológica, etc.), en la que miremos la complementariedad que existe entre nosotros como seres humanos y las otras especies (que también de una u otra manera van a influir en nuestra manera de vivir).

Esa formación integral es la que finalmente nos va a permitir hacer un balance real, muy concreto a cerca de que será lo mejor, que será lo más conveniente para tomar una decisión determinada con un paciente, con un amigo o con un familiar, etc. Será la que nos va a permitir tener una evaluación real y contextualizada acerca de todo lo que es la investigación y los desarrollos biomédicos y biotecnológicos, y su posible o no utilización. Aquí no es decir si los desarrollos son buenos o son malos, pues a la bioética no le interesa categorizar en ese sentido. El interés es una evaluación muy concreta y aterrizada de lo que es la realidad, de lo que es posible y de lo que es aplicable.

Finalmente a lo que le apostaría esta formación integral a través de la bioética es a dar una serie de respuestas a preguntas tales como: ¿Qué es la naturaleza humana? ¿Qué es la vida? ¿Cómo me acerco a la tecnología? ¿Cómo influye la tecnología en nuestra vida?, y a muchos otros retos que el siglo XXI nos está planteando cada día. Le apostamos entonces a una bioética que hemos llamado posthumanista, ¿por qué? Porque el humanismo renacentista ha mostrado que tiene falencias. De una u otra manera ese humanismo renacentista se volvió confesional en la razón. A esta bioética que le apuntamos no debe tener un dogma de fe, cuyo centro no sea únicamente el uso de la razón, sino que mire la pluralidad, la diversidad, la interdisciplinariedad, la complementariedad y que aterrice cualquier fenómeno biotecnológico, o tecnológico que afecte la vida o el proceso salud-enfermedad, de manera contextualizada a la realidad particular y pertinente en cada caso.

La bioética no es una doctrina, ni tampoco tiene que casarse con una doctrina determinada. En ella la discusión no se agota con llamados a los principios como el de precaución o el de responsabilidad. En la bioética se le debe dar cabida a todas las voces y de una manera consensuada, crítica y objetiva solucionar o acercarse a la solución de los problemas éticos que la investigación y desarrollos biomédicos y biotecnológicos nos generan. Y de esta manera responder que es lo posible y que lo que es aplicable.

ENTRE LO POSIBLE Y LO APLICABLE


María Mercedes Hackspiel Zárate
Docente investigadora
Facultad de Medicina
Universidad Militar Nueva Granada - Bogotá

Casi a diario nos llegan noticias sensacionales del mundo de la ciencia y de la investigación. Hacía tiempo que los avances de la biología y la medicina no nos conmovían tanto como hoy día.

Hoy los sueños de la humanidad parecen hacerse realidad. Nos convertimos en coprotagonistas de la evolución. Al mismo tiempo afloran nuestros temores

Los nuevos conocimientos científicos y las nuevas posibilidades tecnológicas nos confrontan con cuestiones fundamentales:

● ¿Cómo manejamos la naturaleza?

● ¿Cómo tratamos a la especie humana?

● ¿Qué significa hoy día el progreso?

Pero ello también plantea preguntas de carácter puramente práctico:

● ¿Se fijan en la investigación y la ciencia las prioridades correctas o nos dejamos llevar por determinadas modas?

● ¿Nos ocupamos de los problemas de lujo de unos pocos?

● ¿Descuidamos así campos de investigación que son vitales para la supervivencia de muchos seres humanos?

En este orden de cosas la ciencia plantea cuestiones que nos afectan a todos. Son cuestiones que ha de debatir la sociedad en su conjunto y que a continuación han de ser objeto de decisiones políticas.

Con las reflexiones que siguen quiero contribuir hoy a que en todos nuestros debates tengamos presente lo que he dado en llamar la medida humana. Y en este contexto me refiero a la forma de actuar sobre la vida humana.

Hablar de "medida" significa hablar de límites. Sin límites, sin acotaciones, no hay medida.

¿Pero no es una contradicción hablar de progreso y al mismo tiempo de límites? "Pensar es rebasar" – así rezaba el lema de Ernst Bloch, el gran filósofo alemán de la esperanza. Sí: Pensar – investigar, conocer, descubrir – significa rebasar.

Pero también sabemos otra cosa: Todo rebase de límites nos confronta con nuevos límites: límites del conocimiento, límites de la potencialidad humana, límites de la responsabilidad asumible. Para ello necesitamos medidas, referencias que nos ayuden a distinguir lo que nos es lícito hacer de lo que no lo es. Tenemos que plantearnos una cuestión que sólo en apariencia resulta simple: ¿Qué es bueno para el ser humano?

¿Pero cómo se mide pues lo conforme con el ser humano? ¿En qué consiste lo "humano" de la "medida humana"? ¿No es precisamente "lo humano" una categoría muy ambigua, polivalente? En "Antígona", drama escrito hace casi 2.500 años, Sófocles menciona las grandes realizaciones y descubrimientos de la humanidad. Y resume su asombro en este verso: "Muchas cosas hay misteriosas, pero ninguna tan misteriosa como el hombre."

Hoy volvemos a asombrarnos – como Sófocles entonces – de los desconcertantes logros que podemos alcanzar los seres humanos – y a veces nos recogemos amedrentados.

Las respuestas a la pregunta "¿Qué es bueno para el ser humano?". Sólo podemos hallarlas formulando y respetando principios éticos para nuestra vida como personas y para la convivencia con los demás. Independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, invariablemente tomamos decisiones valorativas – deliberada o irreflexivamente, consciente o inconscientemente.

Aunque hablemos de las nuevas posibilidades que ofrecen las llamadas ciencias de la vida, no se trata fundamentalmente de cuestiones científicas o tecnológicas. Antes que nada y a fin de cuentas se trata de decisiones con una carga axiológica. Tenemos que saber cuál es nuestra imagen del ser humano y cómo queremos vivir.

Formular principios éticos implica ponerse de acuerdo sobre medidas y límites.

Desde luego que es muy fácil adoptar la actitud de la zorra de la fábula clásica y decir que las uvas no estaban maduras. Lo difícil es fijar y aceptar límites donde sería posible transgredirlos y acto seguido respetarlos incluso teniendo que renunciar así a determinadas ventajas. Pero a mi juicio es justo eso lo que tenemos que hacer.

Creo que hay cosas que no es lícito hacer por muchas ventajas que efectiva o supuestamente nos reporten. Los tabúes no son en modo algunos vestigios de sociedades premodernas, no son signos de irracionalidad. En efecto, reconocer un tabú puede ser fruto de un pensamiento y una actuación ilustrados.

Lo que mucha gente se promete de los avances de la biotecnología y la ingeniería genética es ante todo la curación de enfermedades graves y gravísimas. Para muchos el sufrimiento es tal que ellos mismos y sus allegados anhelan posibilidades de curación y paliativos.

La mayoría de nosotros conocemos a personas enfermas a las cuales nuestras médicas y médicos hoy en día no pueden ayudar o sólo pueden ayudar insuficientemente. ¿Cómo no comprender que se aferren a cualquier proceso que les ofrezca una perspectiva?

Afortunadamente en todo el mundo se investiga y se trabaja en medicamentos y terapias para ayudar a los enfermos. Estos esfuerzos – con buenas expectativas de éxito – también se realizan recurriendo a métodos de la biotecnología y de la ingeniería genética que no tienen por qué suponer cargos de conciencia para nadie. Estas investigaciones merecen todo nuestro aliento y respaldo.

En efecto, existen grandes tareas: Baste pensar en algunas enfermedades omnipresentes catastróficas: diabetes, cáncer, esclerosis múltiple, Parkinson. Pero no olvidemos cientos de millones de seres humanos sufren otras enfermedades totalmente diferentes. No estoy pensando solo en el SIDA, sino también en la malaria, la hepatitis o las parasitosis padecidas por casi la mitad de la población mundial.

A veces bastan unos pocos remedios para ayudar de forma eficaz a un gran número de personas aquejadas de estas enfermedades. Si realizamos un esfuerzo añadido en la ciencia y en la investigación podemos lograr un gran beneficio para millones de seres humanos en todo el mundo.

Abrigo el firme convencimiento de que podemos hacer muchísimo bien sin necesidad de que la investigación y la ciencia se adentren en terrenos éticamente comprometidos.

Algunos de los vaticinios que se oyen en relación con las formidables posibilidades de las ciencias de la vida me recuerdan lo que sucedió en los años cincuenta y sesenta. Lo que estaba en juego era el uso pacífico de la energía nuclear en otra parte del mundo, que parecía durante muchos años el camino a seguir.

Por entonces muchos – no sólo entre los científicos – soñaban con una energía inagotable a precios incomparablemente baratos.

Según las previsiones, la energía nuclear haría posible cualquier cosa: Se fertilizarían los desiertos, se inventarían nuevos sistemas de propulsión para los vehículos e incluso se facilitarían las voladuras en la construcción de carreteras. Hoy la mayor parte de la gente se sorprende ante tanta ingenuidad y ante esa fe ciega en el progreso.

El uso de la energía nuclear se consideraba lo más normal del mundo. Apenas se reflexionó sobre una serie de problemas sumamente graves, como por ejemplo la gestión de los residuos, y muchos problemas ni siquiera se reconocieron como tales por inimaginables. Esto debería hacernos ver con ojos un poco más escépticos esos paraísos terrenales que parecen prometernos las nuevas tecnologías.

Quizás Ernst Bloch pensara en tales situaciones al invertir con una connotación admonitoria una célebre frase de Hölderlin: "Pero dónde acecha la salvación anida también el peligro."

Lo que está ocurriendo o es posible en el ámbito de la biotecnología y la medicina reproductiva tiene en un punto esencial una entidad totalmente novedosa: Ya no se trata únicamente de expectativas y riesgos tecnológicos para el ser humano y el medio ambiente. Por primera vez la humanidad parece capaz de alterar al ser humano en cuanto tal o, es más, rediseñarlo genéticamente.

Es obvio que no hace falta ser creyente para saber y percibir que determinadas posibilidades y proyectos de la biotecnología y la ingeniería genética contravienen los valores fundamentales de la vida humana. Son éstos unos valores que – no sólo se han ido acrisolando a lo largo de una historia milenaria. Y estos valores también constituyen la base, antepuesta a todo lo demás: La dignidad humana es intangible.

Nadie cuestiona expresamente estos valores. Pero tampoco podemos permitirnos el renunciar inconscientemente o tácitamente a convicciones éticas o declararlas asunto privado.

Tenemos que tener claras las consecuencias que tendría el cuestionar como fundamento de toda acción estatal ese canon de valores que hemos aquilatado a lo largo de la historia. ¿No seríamos entonces cautivos de una concepción del progreso que toma como medida al ser humano perfecto? ¿No elevaríamos así la selección y la competencia desenfrenada a principio vital supremo?

Nos hallaríamos ante un mundo totalmente diferente, un mundo nuevo – no un mundo bello.

Tengo la impresión de que este tipo de concepciones ya se ha extendido bastante. Así lo patentizan algunos argumentos que se suelen oír en el debate sobre el tema de la ingeniería genética. La optimación para lograr la máxima fuerza y calidad pasa a ser un criterio sobreentendido. ¿No se convierte así el propio cuerpo humano en mercancía y objeto de cálculo económico?

Por supuesto que los argumentos económicos ocupan un lugar legítimo en el debate sobre el uso de los avances en el ámbito de la medicina. Y naturalmente también es un deber éticamente fundado velar por el empleo, por unas condiciones de vida seguras. Esto requiere espíritu emprendedor, requiere afán de éxito económico, requiere realizaciones políticas. La participación de todos en el progreso y el bienestar es un imperativo de la justicia.

Pero lo decisivo es la prelación y ponderación de los argumentos. Evidentemente estamos de acuerdo en que lo que es éticamente insostenible no puede admitirse por el hecho de augurar provecho económico. Los argumentos económicos no cuentan cuando se ve afectada la dignidad humana.

La seriedad y probidad imponen a la par que los argumentos éticos no se instrumentalicen para imponer otros intereses.

Una de las dificultades del debate que tenemos que mantener estriba en que los procesos científicos y tecnológicos se desarrollan a enorme velocidad. Hoy por hoy apenas somos capaces ya de calibrar críticamente las oportunidades y riesgos que entrañan. La aceleración y la creciente premura de tiempo son, sin embargo, coerciones fácticas autoimpuestas a las cuales no debemos abocarnos con una actitud entreguista. La reflexión ética no debe degenerar en pretexto moral para decisiones adoptadas de antemano.

Para poder recapacitar hay que disponer de tiempo entre el descubrimiento y su aplicación, hay que poder calibrar las posibles consecuencias antes de que se produzcan. El que por ejemplo los medicamentos no se pongan en circulación sino después de un minucioso procedimiento de examen y autorización tiene sus buenas razones. ¿Adónde iríamos a parar si sólo pudiéramos reflexionar sobre cambios trascendentales una vez que se hubieran producido?

La autonomía, la autodeterminación y la autorresponsabilidad del individuo se cuentan, a más tardar desde la Ilustración, entre las grandes conquistas de nuestra civilización.

La extraordinaria importancia que atribuimos a la libertad de decidir del individuo no debe hacernos perder de vista que la autodeterminación va unida a unos requisitos y tiene límites.

Y deberíamos considerar otro factor: No toda posibilidad adicional de elegir significa automáticamente un mayor grado de libertad. Esto es extensivo a los avances médicos. Lo que tiene apariencia de libre autodeterminación puede convertirse en imperativo fáctico.

Absolutamente nada debe situarse por encima de la dignidad de la persona. Su derecho a la libertad, a la autodeterminación y al respeto de su dignidad humana no debe inmolarse a ningún fin. Una ética basada en estos principios evidentemente no sale gratis. Actuar conforme a unos principios éticos tiene su precio.

Como lo que aquí se ventila son cuestiones existenciales en el auténtico sentido de la palabra debe aplicarse con más razón si cabe la siguiente norma: Si tenemos dudas fundadas acerca de si es lícito o no hacer algo técnicamente factible, debe quedar prohibido en tanto no se hayan disipado todas las dudas fundadas.

Repito: los intereses económicos son legítimos e importantes. Empero, no se pueden contrabalancear con la dignidad humana y la protección de la vida.

Todos deseamos que las enfermedades puedan investigarse de forma cada vez más exacta y tratarse de forma cada vez más eficaz. La ingeniería genética y la investigación del genoma juegan un importante papel a este propósito.

El progreso a medida humana es un progreso consciente de su valor y sus valores. Lo contrario de un progreso sin límites no es ni el estancamiento ni el retroceso. Quien se opone a un progreso a cualquier precio no es un enemigo del progreso.

En aras de nuestra libertad tenemos que plantearnos la siguiente pregunta: ¿Qué hay de bueno entre tantas nuevas posibilidades? ¿Qué tenemos que intentar a toda costa? ¿Qué no debemos hacer bajo ningún concepto?

Al enfrentarnos a estas preguntas tenemos que guiarnos por el respeto de la vida desde su mismo inicio. La dignidad humana no es susceptible de contrapesarse con ningún otro valor.

La vida nos recuerda una y otra vez que los seres humanos – por fabuloso que sea el progreso – somos mortales.

Si nos representamos las posibilidades de que disponemos como si fueran infinitas no hacemos sino desbordarnos a nosotros mismos. Así se pierde la medida humana.

Las cuestiones relacionadas con la vida y la muerte nos afectan a todos. Por eso no pueden dejarse únicamente en manos de los expertos. No podemos delegar nuestras respuestas: ni en la ciencia ni en comisiones ni en consejos. Claro que pueden ayudarnos pero las respuestas tenemos que darlas nosotros. Tenemos que debatir estas cuestiones y decidir juntos.

Se trata de decisiones políticas. Pretender ceder a la ciencia las decisiones sobre lo que debe hacerse es confundir los cometidos de la ciencia y de la política en un Estado democrático de Derecho.

Necesitamos un debate público a ciencia y paciencia, que no obvie absolutamente nada: ni las intenciones ni las finalidades, ni las esperanzas ni los temores que se asocian a las nuevas posibilidades.

Necesitamos ilustración en el mejor sentido de la palabra. La ilustración se dirige tanto contra los miedos irracionales y las visiones apocalípticas como contra las puras fantasías de omnipotencia tecnológica.

Tenemos que convenir dentro de un proceso de diálogo permanente el derrotero que debe tomar el progreso.

Tenemos que definir dentro de un proceso de decisión permanente qué límites estamos dispuestos a traspasar y qué límites queremos aceptar.

Una y otra vez tenemos que ponderar y decidir qué posibilidades nos ofrecen realmente un mayor espacio de libertad y qué posibilidades nos someterían meramente a nuevas coerciones o incluso supondrían una intromisión en la vida ajena.

El futuro está abierto. No es un sino inexorable. No se nos viene encima. Podemos modelarlo, con lo que hagamos o dejemos de hacer. Tenemos muchas posibilidades, posibilidades formidables. Aprovechémoslas para un progreso y una vida a medida humana.

Muchas gracias.

RASTRO Y DESAFÍOS DE LA BIOÉTICA

Palabras inaugurales del II Encuentro de Bioética del Comité Bioético Clínico de la Red Distrital de Bogotá, “Aplicabilidad de las nuevas tecnologías, un reto bioético”

Luis María Murillo Sarmiento M.D.
Presidente Comité Bioético Clínico
Red Distrital de Bogotá
Médico y escritor


La ética es más que el moralismo que exalta virtudes impracticables, y exige a los demás el sometimiento a las particulares concepciones de la conciencia de un individuo. La ética aplicada al quehacer científico es todo lo contrario: una noción razonada y objetivamente aplicable.

La experimentación científica, fuente de nuestros conocimientos y del incitante porvenir del hombre, suele traducir en sus fines admirables intenciones, ¿pero entrañará siempre en sus medios la misma benignidad de sus propósitos?

Muchas veces la humanidad se conmovió ante los horrores que llegaron de la mano de la ciencia. La bomba atómica, desenlace de las más extraordinarias conquistas del conocimiento humano, constituye también un cuadro apocalíptico. Las centrales termonucleares y los usos médicos de la radioactividad tienen, en cambio, un aura alentadora.

La investigación en el campo de la salud que presagia al enfermo hallazgos consoladores, encarnó en la Alemania nazi una experimentación brutal y carnicera. Campos de concentración como los de Auschwitz, Treblinka y Majdanek en Polonia; Ravensbrueck, Neungamme, Dachau y Buchenwald en Alemania; Natzweiler en Francia; y Mauthausen y Gusen en Austria, fueron lugares de exterminio sangriento acordes con las políticas raciales del Nacional Socialismo Alemán, y también, sitios de experimentación médica, en las que se transgredieron todos los límites éticos de la investigación, y en los que se hizo de los individuos investigados, sujetos de ensañamiento innecesario y despiadado.

Se les sometió al contagio de enfermedades infecciosas para probar nuevos medicamentos y vacunas, al efecto de tóxicos y dosis letales de medicamentos para conocer la tolerancia del organismo humano, a la amputación de miembros y a la extracción y trasplante de órganos sin anestesia, al hambre extrema para conocer en sus autopsias los efectos sobre el hígado y el páncreas, a bajísimas temperaturas para analizar las consecuencias de la congelación del cuerpo, a trepanaciones de cráneo, sin anestesia para observar sus características anatómicas y para extraer el cerebro a personas conscientes durante el atroz ensayo.

Estas conductas criminales, que nos traen el recuerdo de médicos desnaturalizados como Josef Mengele, el “Angel de la muerte” de Auschwitz, condujeron tras los juicios de Nüremberg en 1945, a la expedición de un conjunto de normas que debían tenerse en cuenta en la experimentación humana. Con el Código de Nüremberg, de agosto de 1947, se pretendió asegurar que nunca más habría en el mundo investigaciones inhumanas. Y el consentimiento voluntario se hizo desde entonces requisito fundamental para la investigación científica. Había en el espíritu de aquéllas normas una clara noción de lo que terminaríamos por denominar bioética.

Pero la humanidad, que se conmovió con las iniquidades del Tercer Reich, tuvo nuevos motivos para estremecerse. Nuevas violaciones ensombrecieron la investigación científica. El experimento Tuskegee resultó otro oprobio. Iniciado en esa ciudad de Alabama en 1932, concluyó en medio del escándalo periodístico cuatro décadas después. Y llegó a ser calificado como "la más infame investigación biomédica de la historia de los Estados Unidos". El periodista Jean Heller denunció los hechos en la edición del 25 de julio de 1972 del New York Times, El congreso de los Estados Unidos ordenó suspender el experimento, pero entonces sólo 74 de los 399 enfermos que comenzaron la investigación quedaban con vida.

El experimento, conocido como "Estudio Tuskegee sobre sífilis no tratada en varones negros", sometió a cuatro centenares de negros norteamericanos, pobres y analfabetos, a un estudio para observar los efectos de la sífilis sin tratamiento. El propósito de obtener un mejor conocimiento de la enfermedad con miras a conseguir su cura dio legitimidad al experimento en un comienzo. Al fin y al cabo en 1932 el tratamiento de la sífilis era tóxico y de dudosa efectividad. Pero en 1947 cuando ya se utilizaba masivamente la penicilina para curar la sífilis, la investigación continuó, privando a los sujetos de investigación de tratamiento. Si en un comienzo se les había ocultado el diagnóstico, en ese momento se les ocultaba el remedio. La enfermedad o sus complicaciones provocaron la muerte de la mayoría de los enfermos.

Esta perversa aplicación de la ciencia con ocultamientos, negligencia y engaños, no fue sin embargo, para los investigadores, motivo de cuestionamiento moral. Uno de ellos, el doctor John Heller, afirmó: “La situación de los hombres no justifica el debate ético. Ellos eran sujetos, no pacientes; eran material clínico, no gente enferma”. En últimas el propósito era continuar el experimento hasta que murieran todos los enfermos para hacerlos objeto de reveladoras autopsias.

El informe Belmont, aparecido en 1979, fue la culminación del trabajo iniciado 5 años atrás, con las revelaciones del caso Tuskegee, por la comisión que abordó desde una óptica interdisciplinaria los peligros en la investigación en seres humanos. Sus páginas consignaron los principios primordiales para la protección de los seres objeto de investigación. Allí se mencionan, acaso por primera vez, los tres principios bioéticos básicos: autonomía, beneficencia y justicia.

Las graves violaciones en el campo de la experimentación originaron normas jurídicas que las sancionan y que se erigen, en cierta forma, en barreras que las contienen. Pero no basta el derecho para que la benevolencia rinda sus mejores frutos. Inflexible y perentorio, el derecho no puede exigir más que los mínimos que la moral demanda. Aunque ética y derecho convergen en sus tópicos, difieren en el alcance que tienen sus efectos; no pocas veces en sus juicios y en la interpretación de sus cuestiones. De ahí que no todo lo legal sea ético, ni todo lo ético tenga que ser materia de disposición legal.

Pero aunque el derecho puede divergir de la ética, generalmente se fundamenta en ella, tomando los elementos mínimos que son exigibles a los seres humanos para una sana convivencia. Así el derecho afronta en gran medida lo general, lo común a todos los individuos, mientras la ética se sumerge en lo particular de la conducta humana. Sus juicios son libres, tan libres como la conciencia; el mandato legal, por el contrario, es coercitivo. Pero, como en una contradicción, la ética, sin ser represiva, demanda mayor bien que el derecho, y propósitos mayores. No es exigible que un ser humano por una causa dé su vida, pero puede hacerlo cuando son sus propios principios los que se lo demandan. Así operan la ética y el derecho, en una conjunción saludable.

¿Pero que es la bioética, cuyo propósito comienza a esbozarse a través de los casos presentados? Comenzaré por señalar que si bien el filósofo alemán Fritz Jahr se refirió a la Bio-Ethik en 1927, la paternidad del término se concede a Van Renssenlaer Potter, bioquímico y profesor de oncología norteamericano, quien lo acuño y utilizó por primera vez, hace treinta años, en 1970. No obstante, su conferencia “Un puente hacía el futuro”, dictada varios años atrás, en 1962, contenía ya el germen de la nueva disciplina.

El nuevo vocablo tendió ese puente, entre la ciencia y la humanidad. Fue como lo enunció Potter en 1971 en el titulo de su libro: “Bioethics: Bridge to the future”. La bioética fue planteada como un puente para la supervivencia de un mundo y un hombre amenazados, paradójicamente, por sus mismas invenciones.

La bioética entraña la interrelación armónica entre el progreso científico, el desarrollo tecnológico y los valores éticos. Es el encauzamiento del poder y del saber del hombre en su propio beneficio, alejándolo de su propia destrucción. Es la respuesta a los posibles desafueros de la ciencia y de la tecnología, luego no es campo exclusivo de alguna disciplina, le pertenece a todas las ramas del saber que hacen la vida objeto de su aplicación y de su estudio.

Ciertamente es la ética de la vida en la acepción más próxima a su etimología (Bios y ethos). De la vida humana, de la vida animal, de toda la vida que florece en la Tierra.

No estableceré que es una ciencia o una disciplina, cuando los expertos aún discuten cómo debe ser clasificada. Pero encumbrada o no a la más alta jerarquía taxonómica, lo cierto es que la bioética es una herramienta fundamental para el buen uso de los frutos del conocimiento logrado por el hombre. En nuestro caso, para el ejercicio correcto y noble de la medicina.

La bioética hace consciente al hombre de su responsabilidad con su especie y con su entorno. De ahí que pueda verse como la ciencia de los dilemas morales frente al progreso.

Como ética que es, se sumerge en el mundo de los principios y de lo valores. Son muchos, pero quedaré satisfecho si al menos se toma nota de los más elementales, tan básicos que Tom Beaucham y James Childress, en su obra memorable “Principios de ética biomédica”, que retomó los del informe Belmont, los denominaron los deberes prima facie –a primera vista- de la bioética: la beneficencia, la no maleficencia, la autonomía y la justicia.

“Primun non nocere” –ante todo no hacer daño- es la máxima latina que expone un principio, tan antiguo, que a Hipócrates, padre de la medicina, se le ha atribuido. ‘Ante todo no hacer daño’ es el fundamento del principio de no maleficencia. Y hacer daño no es necesariamente actuar con la manifiesta intención de causar un perjuicio. Sanas pretensiones llevan, por ejemplo, al encarnizamiento terapéutico cuando ya no se puede curar a un enfermo terminal. No dejar morir no es una hazaña. No nos está moralmente permitido hacerlo aunque la ciencia con sus avances novedoso alargue la agonía.

Hacer el bien es buscar lo más provechoso para el paciente, es la aplicación en la medicina del principio de beneficencia, es inherente a ella. Para curar, para hacer el bien, surgió la medicina. Pero esa beneficencia ha cambiado desde sus albores, desde el paternalismo griego, por ejemplo, hasta el reconocimiento actual de la potestad del paciente para decidir sobre las conductas propuestas por el médico.

El ocultamiento a los pacientes de su estado de salud y la toma unilateral de decisiones de la vieja medicina, que persistió por siglos, ya no existe. Esa competencia para consentir o rechazar su tratamiento, constituye el principio de autonomía, génesis del consentimiento informado, y que en sentido genérico es el reconocimiento de la capacidad de autodeterminación que tienen las personas, conquista más del derecho que de la medicina.

A la luz del principio de justicia podemos sopesar costos y beneficios, a quién dar prioridad en la atención, a quien elegir cuando escasean las camas en una unidad de cuidados intensivos, por ejemplo, a hacer lo más correcto desde el punto de vista moral cuando los elementos para resolver una necesidad son insuficientes. El principio de justicia nos habla de la distribución de los recursos, de la equidad, de dar a quien más lo necesita. De manera general, el principio de justicia marca un equilibrio entre las necesidades y ansias desmedidas del hombre y la limitación de los bienes para satisfacerlas.

La bioética, ajena a lo disciplinario, es primordialmente un ejercicio reflexivo. Como producto de sus reflexiones se da la resolución de los conflictos que desde el punto de vista médico surgen en la investigación y en la práctica clínica, y son los comités de bioética las instancias propias para este tipo de debates.

Surgieron desde finales de la década de los setenta del siglo pasado y se acrecentaron en la década siguiente. Una decisión judicial propició su surgimiento.

El juez que debía resolver la desconexión del respirador artificial de la joven Karen Ann Quinlan, víctima de un coma vegetativo provocado por la mezcla de alcohol y barbitúricos, ordenó la conformación de un comité de ética. Fue éste, al parecer, el primer comité bioético asistencial en la historia. La joven fue desconectada tras el fallo de la Corte Suprema de New Jersey a favor los padres. Irónicamente Karen siguió respirando de forma voluntaria, y nueve años más vivió, hasta su muerte en 1985. Su caso dejó más que las enseñanzas del debate en torno a la eutanasia, heredó al mundo el instrumento para esclarecer los dilemas que surgen en torno a la asistencia: los comités de ética en los hospitales.

A estos grupos, multidisciplinarios que protegen los derechos de los pacientes y ayudan a resolver los dilemas de la asistencia médica, y que denominamos comités bióticos clínicos asistenciales, se suman los comités bioéticos de investigación, que protegen a los individuos sometidos a estudios experimentales. Así se cubre todo el espectro del hombre frente a la ciencia: como objeto de cuidado y como sujeto de investigación; como ser biológico, pero también como ente espiritual y afectivo. El hombre como ser único e irremplazable, como ser digno, fin en sí mismo y no medio para otros fines.

Así es entendible que la bioética se ocupe de cuestiones como el mantenimiento artificial de la vida, la terapia y experimentación genética, la eugenesia, la reproducción asistida, la clonación, la obtención y uso de células madre, la atención del moribundo, los problemas médicos al final y al principio de la vida: aborto provocado, eutanasia, encarnizamiento terapéutico entre otros; la donación y el trasplante de órganos, los límites en la experimentación con seres humanos, y el uso de recursos asistenciales limitados.

La bioética, con corto pasado, tiene en cambio enorme porvenir. Hoy el vocablo, aún desconocido para algunos, nos sorprende menos que hace 40 años. Discurre por los círculos académicos, se enseña en los claustros universitarios, se reclama en los ensayos clínicos, se propaga como un contagio saludable.

Del primer centro universitario de bioética, el Instituto Kennedy, fundado por André Hellegers en la Universidad de Georgetown en 1971, hasta nuestros días, se pierde la cuenta de las instituciones que con propósitos similares y afines han surgido en todo el mundo.

Colombia no ha sido la excepción, dan fe de su interés por la bioética instituciones como el Centro Nacional de Bioética (Cenalbe), la Asociación Nacional de Bioética (Analbe), el Instituto Colombiano de Estudios Bioéticos de la Academia Nacional de Medicina (ICEB), el Instituto de Bioética de la Universidad Javeriana, el Instituto de Bioética de la Universidad El Bosque, la Red de Bioética de la Universidad Nacional de Colombia, el Instituto de Bioética de la Universidad Pontificia Bolivariana, y muchos comités hospitalarios y universitarios. Entre ellos, el Comité Bioético Clínico de la Red Distrital de Bogotá, que agrupa a los 22 hospitales de la Secretaría de Salud y que hoy nos congrega en su primer lustro de existencia.

Bienvenidos, pues, queridos asistentes a esta mañana que revive las inquietudes que asaltaron a los pioneros de la bioética, fascinados seguramente con los deslumbrantes progresos de la ciencia, pero intranquilos con las consecuencias de una aplicación improcedente. Que siempre recordemos que no todo lo tecnológicamente posible es aceptable. ¡Que trabajen entonces ciencia y bioética mancomunadamente!

sábado, 10 de abril de 2010

II ENCUENTRO DE BIOÉTICA DEL COMITÉ


Al celebrarse su primer lustro, el Comité Bioético Clínico de la Red Distrital de Bogotá invita al II Encuentro de Bioética: "Aplicabilidad de las nuevas tecnologías, un reto bioético", que se llevará a cabo en el Planetario Distrital de Bogotá el 27 de abril del 2010, de 8 de la mañana a 12 del día.
ENTRADA LIBRE PREVIA INSCRIPCIÓN
INSCRIPCIONES: Teléfono (057) 4546257

viernes, 25 de septiembre de 2009

HIPÓTESIS SOBRE LA DESHUMANIZACIÓN, UN ACERCAMIENTO AL ORIGEN DE LOS MALES*

Doctor Luis María Murillo Sarmiento
Médico ginecólogo y escritor
Presidente Comité Bioético Clínico Red Distrital

El mundo abrupta o imperceptiblemente se transforma; pero son más frecuentes los cambios invisibles, que sólo se advierten al comparar las épocas. Como el rostro del hombre, por ejemplo, que pasa de el del niño al del anciano habiendo visto siempre la misma faz el día anterior y el que sigue. Así, inesperadamente, nos damos cuenta de que la urbanidad, la cortesía, la humanidad se han depreciado. Y comienzan a asaltarnos –a médicos, enfermeras y pacientes- las preguntas: ¿Cuándo se perdió la humanidad? ¿Cuándo el hábito volvió una rutina el sufrimiento? ¿Cuándo el arte de curar se volvió básicamente técnica? ¿Cuándo el médico perdió su pedestal? ¿Cuando el hombre de ciencia en su prepotencia se equiparó con Dios? ¿Cuándo la calidad total se dejó imbuir por la productividad sin freno? ¿Acaso cuando el enfermo se volvió otro cliente? ¿Cuando se olvidó el poder curador de las palabras?

Estas preguntas encierran dudas y a la vez certezas, y dejan la evidencia de las transformaciones radicales que ha sufrido el arte de curar. Para comenzar, el médico paternal, con visión integral del enfermo y su familia, capaz de auscultar las emociones con paciencia, es cosa del pasado. Con sus virtudes y defectos ese paradigma ha sido reemplazado. ¿Pero esa medicina más apacible y menos técnica debía substituirse? No del todo, es mi respuesta. No en todo aquello que ha significado el menoscabo de la relación del médico con el paciente.

Los cambios que se han dado, odiosos para el médico humanista, han resultado sin embargo inevitables. Creo que la masificación, la parcelación del cuerpo humano, el afán de producir y la comercialización de la medicina son los verdaderos responsables.

La multitud hace invisible al individuo: en el montón se pierde la dignidad y el valor de las personas. En la muchedumbre uno de más, uno de menos, carece de importancia. Entre el gentío que atiborra en una noche las urgencias, el nombre de un paciente resulta irrelevante. Nunca se recuerda. Con frecuencia se olvida el motivo de ese anónimo que llegó a consulta. La masificación deshumaniza. Deshumaniza porque agota. El profesional agotado comienza a sentir como tortura la próxima consulta; el siguiente paciente es un suplicio. Deshumaniza porque en el maremagno se vuelve rutinario el sufrimiento. El caso doloroso y único conmueve; ante los mismos casos en sucesión indefinida termina anestesiado el sentimiento. La masificación deshumaniza porque vuelve anónimos a todos los actores, porque involucra demasiada gente: mucho intermediario. Ya no son el médico y su paciente en comunión privada; hasta el vigilante y el portero se entrometen. Todos en la multitud son para los demás intrusos, se ven con desconfianza. Por seguridad las instituciones de salud cierran sus puertas y deben exigir identidades. Ni los vigilantes conocen a los médicos, con mayor razón desconocen al paciente.

La fragmentación del cuerpo humano es obvia consecuencia del desarrollo de su conocimiento, nada hay que reprocharle. Ninguna mente alberga todo el saber de nuestra medicina. La aparición de las especialidades es un razonable desenlace. Pero su aparición, sin proponérselo, acabó con el médico omnisciente que atendía integralmente todas las dolencias. Hoy el especialista no está en condición de resolverlo todo, pero esa misma incapacidad volvió improductiva la atención de las quejas del paciente. ¿Para qué escuchar lo que no tiene posibilidad de remediarse?

En un comienzo la medicina fue ciencia –menos ciencia- y humanidad –más compasiva-, pero el tiempo la fue volviendo más técnica y menos afectiva. Humanidad y ciencia, en una relación inversamente proporcional, se fueron distanciando. Los mismos actos de preservar la vida al borde de la muerte, se fueron encarnizando, y sin ánimo de maldad alguno. Preservar la salud y la vida a toda costa, por obra de una visión desenfocada, se convirtió en el mayor bien a proporcionar al ser humano, pasando por alto hasta los sufrimientos que esa actitud provoca. No dejar morir no siempre es una hazaña.

Por cuántos siglos médico y paciente trabaron una relación humana y personal sin imaginar que con el tiempo el derecho la volvería un contrato, y que más adelante encajaría en un portafolio de servicio, jerga del entorno comercial, que también define al enfermo como cliente. Años apacibles –por desgracia poco técnicos- en que la relación médico-paciente se daba sin intermediarios, ni leyes del mercado.

“El trabajo del médico solo lo beneficiará a él y a quien lo reciba, nunca a terceros que pretendan explotarlo comercialmente”, reza el código de ética médica colombiano. Saludable o no, apenas es romántico. Difícil imaginar que en las empresas de salud todo sea filantropía sin ánimo de lucro. Pero hacer empresa con la salud no es censurable. Por efecto de la misma masificación, resulta necesario. De hecho los recursos privados, mejor administrados que los del Estado, tienen en la salud la posibilidad de demostrar su compromiso con la sociedad. Lo reprochable es ver la vida humana tan sólo como un negocio lucrativo. A la buena administración de los recursos y el manejo acertado de los negocios debe sumarse una contextura moral a toda prueba. Debe existir una clara jerarquización de principios y valores, un manifiesto sentido de justicia, un reconocimiento de la vida y la salud como bienes absolutos, una anteposición del paciente a lo económico; admitir al enfermo como fin, no como medio: reconocerlo como el propósito más importante de la organización.

La productividad y el afán de lucro son la enfermedad de nuestro tiempo. Gracias a este morbo todo se volvió vertiginoso. El mundo corre en un afán de producir sin tregua, relegando la tranquilidad y las dichas del espíritu. No vive, galopa contra el tiempo. Si es trabajador de la salud, salva una vida, recupera un órgano, hace una consulta apresurada -que estadísticamente se traduzca en jactanciosos rendimientos-, cumple lo urgente, corre de una institución a otra, y posterga lo espiritual –lo suyo y lo de su paciente-. Y en esa postergación lo espiritual se finalmente se olvida. Quien no sigue el modelo se rezaga, quien se rezaga sucumbe en este trote desbocado, en esta absurda “selección natural” impuesta por el hombre.

El conocimiento, motor del progreso tiene precio. La educación también es un negocio. Hoy el conocimiento es un incuestionable producto del mercado y puede valer más que los bienes materiales. Si éstos valen, tiene lógico asidero que cuesten los bienes que trascienden, como la educación, más si se entiende que los recursos que requiere su infraestructura no salen de la nada. De todas maneras la salud y la educación no son un privilegio, son un bien universal que debe asegurarse. Por más que cueste toda persona debe tener garantizado ese derecho. Cómo se logre depende del ingenio de quienes rigen sus destinos.

En la conjunción de tantos extravíos, de tantos males, aprietos y limitaciones resulta inevitable que la humanidad se pierda, en el afán de sobrevivir la vocación se distorsiona, la caridad se queda sin espacio, la acción desinteresada ante el ánimo comercial claudica.

* Fragmento de un ensayo del autor sobre la humanización.

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CONSENTIMIENTO INFORMADO PARA PROCEDIMIENTOS ANESTÉSICOS

MODELO DE CONSENTIMIENTO NO. 4: PROCEDIMIENTOS ANESTÉSICOS

HOSPITAL XXXXXXXXXXXXXXXXXXX

CONSTANCIA DE CONSENTIMIENTO INFORMADO PARA PROCEDIMIENTOS ANESTÉSICOS

Fecha: DD MM AAAA
I. IDENTIFICACIÓN
Historia Clínica: _______________
Nombre del paciente ____________________________________________

II. INFORMACIÓN
Yo __________________________________________, mayor de edad, identificado como aparece al pie de mi firma, actuando en mi propio nombre o en mi calidad de _________________________ del paciente _______________________________________ por medio del presente documento, de manera expresa, libre, en pleno uso de mis facultades mentales manifiesto que el doctor ______________________________, médico anestesiólogo del hospital, me ha informado que en razón del siguiente diagnóstico:
_______________________________________________________________
debo ser sometido a un procedimiento anestésico cuya finalidad es:

_______________________________________________________________
Tratamiento del dolor ____ Realización de una intervención quirúrgica _____
Realización de un procedimiento diagnóstico ____

Me ha explicado que la anestesia priva en forma general o parcial de la sensibilidad, de tal manera que permite controlar el dolor que acompaña a ciertas enfermedades, y facilita la realización de intervenciones diagnósticas o terapéuticas que ocasionan dolor intolerable al efectuarse. Para conseguirlo, la anestesia mediante el uso de determinados fármacos lleva al estado de insensibilización, o de insensibilización e inconsciencia; puede hacer insensible sólo la zona del cuerpo que va a ser intervenida (anestesia regional o local) o provocar la inconsciencia e insensibilidad total. En este último caso el anestesiólogo me ha manifestado que será garante de mi seguridad, tomando las decisiones que en su criterio me la puedan proveer, al no poder consultar sus decisiones conmigo, por mi inconsciencia.

Igualmente expreso que me ha dado información acerca de los siguientes aspectos:

*Propósito del procedimiento anestésico
*Alternativas anestésicas
*Técnica anestésica
*Monitoria de mis signos vitales
*Beneficios del procedimiento
*Consecuencias en caso de no aceptar
*Tipo y efecto de los medicamentos empleados
*Reacciones alérgicas
*Riesgos previsibles y efectos colaterales
*Necesidad de ayuno y tiempo de ayuno
*Medicación que puedo continuar
*Medicación que debo suspender y antelación

También declaro que me ha advertido que pueden presentarse complicaciones imprevistas. Y que me ha señalado como efectos secundarios frecuentes del procedimiento anestésico las nauseas, el vomito, el dolor de cabeza, la somnolencia, el mareo, la ronquera, el dolor de espalda, de garganta o muscular, la inflamación de tejidos blandos, la lesión de labios o dientes y hemorragias alrededor de arterias o venas puncionadas. También que complicaciones más graves pero menos habituales pueden resultar de las reacciones a los medicamentos suministrados o de los procedimientos implementados, que pueden ser eventos agudos o secuelas crónicas, como las lesiones del sistema nervioso central o periférico-, el daño ocular, la lesión de las cuerdas vocales o la tráquea, la neumonía y otras complicaciones pulmonares, el daño renal, los sueños o recuerdos intraoperatorios, las reacciones adversas de las drogas, las quemaduras, el infarto de miocardio, la trombosis o embolía cerebral, la hipertermia maligna y la muerte.

Otras complicaciones derivadas de mi condición clínica son:
_______________________________________________________________
_______________________________________________________________
_______________________________________________________________

Me ha explicado que de acuerdo a los antecedentes que le he suministrado, al análisis de mi historia clínica y al examen físico practicado considera que tengo un alto ____ medio ____ bajo ____ riesgo anestésico y que la mejor alternativa para mí es la anestesia general ____ regional (Raquídea o epidural) ____ Troncular ____ local asistida ____. Advirtiéndome que circunstancias inesperadas clínicas o técnicas pueden hacer variar el tipo de anestesia inicialmente elegida.

Ha sido explicito en que el ayuno absoluto previo al procedimiento anestésico es fundamental para prevenir complicaciones que podrían derivar en graves complicaciones y aún en la muerte. Requisito del que por obvias razones sólo se prescinde en casos de cirugías de extremada urgencia.

Me ha explicado también que en el curso de la anestesia se pueden presentar situaciones inesperadas que requieran procedimientos adicionales –inclusive quirúrgicos- o transfusiones sanguíneas. Me ha informado que en caso de practicarse tales transfusiones se hará previos exámenes de compatibilidad, y con productos certificados con las pruebas exigidas por la ley, aunque aún así pueden presentarse reacciones y riesgos de infección.

Además se me ha informado que en la institución en que voy a ser atendido(a) interviene personal en formación que participa bajo la responsabilidad y supervisión directa y presencial del profesional docente. También que el hospital realiza investigaciones científicas en las cuales se hace necesaria la revisión de las historias clínicas, las cuales sólo pueden ser tomadas para estudio si el presente consentimiento ha sido firmado y si el comité de ética en investigación del hospital aprueba la investigación propuesta: En tal caso la institución como el investigador garantizan la confidencialidad del contenido de la historia clínica y el secreto de la identidad del paciente.

Doy constancia de que se me ha explicado en lenguaje sencillo, claro y totalmente entendible para mí, cada uno de los puntos anteriores, además se me ha permitido hacer todas las preguntas necesarias y todos los espacios en blanco han sido llenados antes de mi firma.

III. OBSERVACIONES ADICIONALES
_______________________________________________________________
_______________________________________________________________
_______________________________________________________________

IV: AUTORIZACIÓN
Como resultado de la información recibida manifiesto que:
1. Si autorizo ____ No autorizo ____
A los médicos del servicio de anestesia del hospital la realización de los procedimientos señalados en el presente documento.

Y (si o no ) _____ autorizo la transfusión de sangre o sus derivados.
Y (si o no ) _____ autorizo que los datos de la historia clínica sean utilizados en investigaciones de carácter científico en las condiciones en que me fueron explicadas.

_______________________________ _______________________________
C.C. .................................................C.C.
Paciente .......................................... Acudiente o testigo


Huella del paciente


Uso de huella dactilar: Certifico que se me ha leído el documento en presencia de un testigo o acudiente, quien en constancia firma junto a mi huella.

Doy fe de haber informado al paciente

_______________________________ _______________________________

Firma del médico................................Asistente del médico
C.C. .................................................C.C.

lunes, 24 de noviembre de 2008

CONSENTIMIENTO INFORMADO EN PRUEBAS PARA VIH

COMITÉ BIOÉTICO CLÍNICO
RED DISTRITAL



CONSTANCIA DE CONSENTIMIENTO INFORMADO* PARA LA TOMA DE PRUEBAS PARA VIH

Fecha: _________ DD MM AAAA
I. IDENTIFICACIÓN
Historia Clínica: _______________
Nombre del paciente __________________________________

II. INFORMACIÓN
Yo __________________________________________, mayor de edad, identificado como aparece al pie de mi firma, actuando en mi propio nombre o en mi calidad de _____________________ del paciente _______________________________________ por medio del presente documento, de manera expresa, libre, en pleno uso de mis facultades mentales manifiesto que el doctor __________
________________________________ me ha explicado la necesidad de practicar la siguiente prueba para detectar infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH):

Presuntiva (ELISA) ________ Diagnóstica (WENSTERN BLOT) ________

Solicitud que hace basado en la siguiente indicación:

Antecedentes de riesgo ______
Manifestaciones clínicas sugestivas de infección por VIH ______
Accidente laboral ______
Embarazo ______
Solicitud voluntaria ______

Igualmente expreso que me ha dado información acerca de los siguientes aspectos:

Qué es el VIH y qué el SIDA
Las condiciones de riesgo para adquirir la infección
Propósito del examen
Beneficios de su realización
Tipos de pruebas
Confiabilidad y limitaciones de la prueba
Procedimiento de la toma
Consecuencias en caso de no aceptarla
Riesgos de la toma de la muestra
Molestias del examen
Implicaciones y consecuencias de un resultado anormal


III. OBSERVACIONES ADICIONALES
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IV: AUTORIZACIÓN
Como resultado de la información recibida manifiesto que:
1. Si autorizo No autorizo
La toma de la muestra y la realización de la (s) prueba(s), señalados en el presente documento.


_______________________________
C.C.
Paciente


_______________________________
C.C.
Acudiente o testigo

Huella del paciente


Uso de huella dactilar: Certifico que se me ha leído el documento en presencia de un testigo o acudiente, quien en constancia firma junto a mi huella.

Doy fe de haber informado al paciente

______________________________
C.C.
Firma del médico


______________________________
C.C.
Asistente del médico


______________________________
Firma del profesional que realiza la consejería
C.C.

* El consentimiento informado es la manifestación voluntaria y consciente del paciente por la que autoriza, la realización de un determinado procedimiento o tratamiento propuesto por su médico tratante, con base en la información comprensible, suficiente y veraz que él le ha suministrado sobre el mismo, sobre su propósito, riesgos, molestias, efectos secundarios y consecuencias en caso de no aceptar.

En este caso el procedimiento es una prueba de laboratorio para detectar la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), agente causal del SIDA.




ANEXO AL CONSENTIMIENTO INFORMADO PARA LA TOMA DE PRUEBAS PARA VIH

INDICACIONES. Las pruebas para detectar infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) se pueden realizar ante la sospecha de infección, pero también de forma preventiva, como cuando se practican a las mujeres en embarazo. Son indicaciones para la prueba:

Antecedentes de riesgo no laboral (haber recibido trasplantes o transfusiones sanguíneas, uso de agujas compartidas, relaciones sexuales con personas infectadas, promiscuidad sexual, dependencia de sustancias psicoactivas, entre otros).
Manifestaciones clínicas sugestivas de infección por VIH
Accidente laboral
Embarazo
Solicitud voluntaria

CONFIABILIDAD Y LIMITACIONES DE LA PRUEBA. Aunque las pruebas son bastante confiables, existen resultados falsos conocidos como positivos y negativos. En los primeros el resultado hace suponer una infección que no existe, en el segundo se descarta una infección que realmente existe. Es por este motivo por el que las pruebas que apenas son presuntivas deben confirmarse con otras más específicas. Una prueba negativa falsa puede ser resultado del período de ventana inmunológica (menor de tres meses desde la infección), durante el cual no existen la cantidad suficiente de anticuerpos contra el VIH para ser detectado por el laboratorio. En los casos en que los resultados de las pruebas son indeterminados (ni confirman ni permiten descartar la infección) el examen debe repetirse seis meses después.

TIPOS DE PRUEBAS. Existen dos tipos de pruebas, las presuntivas y las confirmatorias. La prueba de Elisa es una prueba presuntiva y el primer paso en el diagnóstico. Cuando sale positiva debe confirmarse mediante una prueba de mayor especificidad conocida como Wenstern Blot. La prueba positiva de Wenstern Blot indica que la persona se encuentra infectada; Su negatividad que no hay indicio de laboratorio de la infección.

CONFIDENCIALIDAD. Los miembros del equipo de salud mantendrán la confidencialidad sobre el diagnóstico y estado de salud garantizando con ello el respeto al derecho fundamental a la intimidad

CONDUCTA ANTE LA POSITIVIDAD DE LA PRUEBA. Si la prueba presuntiva resultara reactiva, se le repetirá, y si se conforma la anormalidad, se practicará una prueba confirmatoria.

La prueba confirmatoria positiva indica que usted se encuentra infectado, por lo que debe ser consciente de que de que debe tomar precauciones para no trasmitir la infección a otras personas. Igualmente se le aconseja buscar el apoyo y la asesoría para el manejo integral de la situación.



APROBADO POR EL COMITÉ 281108.